Jacinta, tres décadas de la mujer ave 

Édgar Ávila Pérez

Cuetzalan, Pue. – En el símbolo espiritual del mundo totonaca, un mástil de 28 metros de altura, una mujer menudita respira profundo y se lanza al vacío en una perfección que evoca el vuelo de una ave experimentada.

En la nada, en un lugar donde el tiempo y el espacio se esfuman con el viento, el cuerpo, mente y alma de Jacinta se sumerge, como en una paradoja, en un torbellino de paz y tranquilidad.

“Y en ese momento la mente está despejada totalmente, queda en blanco y solamente pienso en volar… “, dice la totonaca que hace casi tres décadas emprendió un vuelo que rompió con las barreras masculinas y entonces creó un flujo de aire a gran escala para su género.

En las alturas del palo, donde el ritual rinde homenaje a la fertilidad, pierde toda noción con la realidad, con el mundo y con la gente; se desprende de ese miedo por no volver a tocar el suelo. Ya no existe en este mundo terrenal.

“Son muchas emociones encontradas, da gusto volar porque siento que soy como una ave, que puedo volar como los pajaritos, a lo mejor sin alas, pero si atada a una cuerda”,  describe con una profundidad que eriza la piel.

Su nombre completo es Jacinta Teresa Hernández y hace casi 30 años en este pueblo llamado Cuetzalan se vistió de traje de manta blanca, se colocó un amplio paliacate, un gorro cónico, listones y adornos de chaquira y espiguilla para la danza de los voladores, considerada – en ese entonces- prohibitiva para las mujeres.

“Es una satisfacción y un Don que traemos los voladores para hacer ese descenso”, afirma y se traslada a esos trece giros que debe dar, junto con sus otros compañeros, para llegar a 52 vueltas, número que simboliza el ciclo del Calendario Maya.

Reconocida en México y todo el mundo por sus aportes a la difusión de su cultura, sus tradiciones y a la equidad de género, el sentimiento en cada vuelo sigue siendo el mismo sin importar la localidad, el municipio o el país donde su humanidad surca los vientos.

“El sentimiento es el mismo porque de alguna manera lo más importante para mí es que ya subí y sólo Dios sabe si voy a bajar, pero el gusto por volar es grande”.

Y ese sentimiento crece cuando ve que en su escuela de voladores los Guerreros del Sol, dos niñas de siete y once años, rinden tributo a sus antepasados, a ese pueblo mesoamericano que ha sobrevivido a la llegada de extranjeros y a la modernidad. Y en otros lares siguen uniéndose a las parvadas Totonacas.

“Es una orgullo como mujer, porque de alguna manera puedo decir que la mujer se va empoderando y si antes no las dejaban, ahora se integran a distintas danzas”, suelta.

Hoy siente nuevo bríos, porque después de casi nueve meses sin rendir tributo  por la pandemia del Covid-19, hace una semana logró treparse al palo y en la junta auxiliar de Miguel Tzinacapan rendir honor a San Miguel Arcángel, el santo que -dice- hace muchos años acabó con una pandemia.

A sus 48 años, reconoce que su carrera artística en la danza le ha dado muchas cosas, quizá no económicas, pero sí espirituales, al lado de su familia danzante.

En su mente, quiere pensar que en un futuro, cuando abandone su cuerpo humano y se transforme en una ave, será recordada por esas fotos con su traje de voladora, ese que quiere donar para que sea exhibido como un recordatorio de sus danzas aéreas en España, África y Asia.

“Es una gran bendición y satisfacción y jamás me voy a arrepentir de haber estado en esta danza”, dice y se prepara para más vuelos.

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