La lechuza ciega de Sadeq Hedayat

*Hedayat es un provocador, un pensador que flagela las ideas del lector. En eso recuerda a un contemporáneo suyo, Albert Caraco.

Rodolfo Mendoza

Las pocas noticias que se tienen de Sadeq Hedayat en lengua española se las debemos a Alberto Manguel, crítico, antologador y narrador por méritos propios. Manguel, que lo ha leído todo, dice que La lechuza ciega de Sadeq Hedayat es una de las obras más importantes del siglo XX. Apunta, además, que es Hedayat quien inaugura la literatura contemporánea de Irán.

Nacido en Teherán en 1903 y de educación occidental, Hedayat nunca perdió de vista las costumbres y ritos de Irán, reunidos en volúmenes que trataban, precisamente, sobre el folklore de su país natal. Educado en Francia, fue ahí en donde pudo publicar —primero en un limitado tiraje y más tarde por entregas— La lechuza ciega. Obra onírica, alucinante, fuera de cualquier realidad, saludada con entusiasmo por André Breton, quien se convirtió en defensor del autor iraní. Pero a Hedayat nunca le interesó la fama y regresó a Irán a militar en el partido Tudeh; ante la derrota de este se ve obligado a regresar a Francia sólo para suicidarse en 1951 a la edad de 48 años.

Clasificar La lechuza ciega de Sadeq Hedayat además de imposible es vano. El narrador, comedor de opio, nos cuenta su encuentro con una mujer hermosa, angélica. Ese encuentro se verá modificado por la alucinación, pero hay que tener en cuenta que no son alucinaciones como las descritas por Malraux o por De Quincey, las alucinaciones de Hedayat son motivadas por el amor, no son producto solamente de la conducta alterada, son producto del enamoramiento que lleva en sí mismo —se sabe— el dolor, el desencuentro, el odio.

“Las únicas medicinas eficaces son el olvido que dispensa el vino y la somnolencia artificial que procuran la droga y los estupefacientes”, dice el opiómano de Hedayat, quien se empeña por huir de la realidad, por vencerla; o al menos por negarla y fugarse por medio de una obra que se vuelve daga, pues hay que decir que Hedayat es un provocador, un pensador que flagela las ideas del lector. En eso recuerda a un contemporáneo suyo, Albert Caraco, quien en Breviario del caos menciona: “Yo elevo un canto de muerte sobre eso que va a perecer”, y así, ambos encumbraron ese canto y terminaron quitándose la vida, dejando una obra que a la fecha sigue traspasando las conciencias de sus lectores.

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