Nostalgia, historia y coleccionismo

*La Lagunilla en Puebla un negocio que retomó ese nombre en honor al barrio histórico con sus cuatro mercados de la Ciudad de México

Jaime Carrera

Puebla, Pue.- En un espacio tan reducido se aprecian diversas y vastas atmósferas de la historia del mundo: objetos que han pasado de generación en generación y por infinidad de manos que hoy les dan un valor único que La Lagunilla en Puebla concentra en estantes, muebles y paredes.

Ingresar al local de la esquina de la 5 oriente y la 6 sur convoca a una experiencia exploratoria que aviva la curiosidad de las miradas de coleccionistas conocedores, pero también la de los inexpertos que se asombran con tan sólo girar en su propio eje y mirar hacia arriba en el anticuario.

En Los Sapos sobran opciones para hacer viajes al pasado y una de ellas es La Lagunilla, un negocio que hace 15 años retomó ese nombre en honor al barrio histórico con sus cuatro mercados ubicados al noroeste del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Los encargados de un bazar son protectores de la historia de un pueblo, una ciudad y de naciones enteras, custodian los tesoros intangibles de otras épocas y evocan episodios nostálgicos de aquellos tiempos que junto con sus costumbres, modas y tradiciones ya no pueden volver.

En La Lagunilla de Puebla, el guardián de lo atávico es Rafael Santos, cuyo punto de inflexión con las antigüedades se dio hace 14 años, en plena adolescencia su vida cambió de forma inesperada cuando su padre lo propuso para atender ese afamado local en el centro de la ciudad.

En una cápsula del tiempo se guardan objetos de alto valor, no siempre monetario, también emocional. Y justo esa función tienen los anticuarios: las cosas que allí se encuentran no se pierden en el olvido y lo más obsoleto y viejo se vuelve único, limitado e imprescindible.

Después de casi tres lustros de laborar en La Lagunilla, Rafa ha visto de todo: coleccionistas que buscan desde lo más simple, hasta lo más elaborado y extraño, y él, por su parte, ha recogido todo un cúmulo de historias, vivencias y la dicha de trabajar en comunidad.

“Hay una persona que es cliente, que colecciona piedras, desde piedras preciosas como el jade, ámbar, hasta las más simples, que le llamaron la atención por la forma o la textura, tal vez el color, ahora, sí que si sería de lo más raro, colecciones de ese tipo”, relató.

Aunque hay gente que no va a comprar, pero está interesada en el pasado, busca respuestas y obtiene más preguntas, dialoga y se sumerge en todo tipo de antigüedades: las más cercanas, las de hace una década o las de 100 años atrás, que han perdurado gracias a sus cuidadores.

Juegos, discos de vinilo, muebles, esculturas; cerámica, vidrio, latón, todo engrana sin importar los años que tengan desde la fecha de su concepción y elaboración y que, en algunos casos, formaron parte de los testamentos, de las herencias que pasaron de abuelos a nietos.

Bisutería, libros, cuadros, pinturas, armaduras, sillas, lienzos; formas, colores y olores del pasado que hacen pensar en lo efímero, en lo perdurable y hasta en lo inimaginable que allí está, como un rastro del tiempo cuyas huellas de madera, metal o seda son palpables.

Y los asiduos cazadores de reliquias sienten placer al dar una segunda, tercera, cuarta o décima vida a los objetos: los relojes, muebles, medallas, sillas, vasijas, cuadros, tazas, instrumentos y cualquier elemento coleccionable renacen en una nueva casa: en una nueva atmósfera.

Rafael, el anticuario y el futuro cercano

En 2007 Rafael Santos se introdujo al mundo de las antigüedades y decidió jamás abandonarlo, podrá dejar atrás las semanas enteras sumergido entre muebles, relojes y cuadros, pero su pasión por lo añejo se reforzó cuando pisó La Lagunilla, en un empleo que lo acercó a otras culturas y acaparó totalmente su atención.

“Desde que me dijo mi papá se me hizo interesante, me llama mucho la atención la música, de los sesentas, setentas, ochentas, y ciertamente las antigüedades van de la mano, y al llegar fue ver un mundo de artículos: muebles, teléfonos, cosas militares y sí, me gustó, y como a las dos semanas dije: sí quiero seguirle”, explica.

Su padre, por cuestiones de trabajo, conoció al dueño del bazar, quien buscaba a alguien para que atendiera el negocio, quizá no un especialista, pero sí alguien que con el paso de los años se convirtiera en un almanaque que ahora, en las reuniones familiares es consultado sobre todo tipo de datos históricos y curiosos.

Rafael comenta que La Lagunilla eligió como aposento final la esquina de la 5 oriente y la 6 sur hace 15 años como una extensión del negocio que el dueño tenía en la capital del país, antes estuvo al final del Callejón de los Sapos y previamente, en la misma 5 oriente, pero casi en la esquina con el Bulevar 5 de Mayo.

Durante los últimos 14 años, el joven ha combinado los estudios con su trabajo como encargado del anticuario. “Podría ser un poco aburrido, pero siempre hay algo que hacer”: admirar una u otra pieza, recibir nuevos objetos, tareas de restauración y lectura, mucha lectura, documentación sobre su otra pasión: la música.

“Por ejemplo, recuerdo un gramófono que tuvimos, un aparato de sonido de principios del siglo pasado, y como me gusta mucha la música, era verlo, darle su mantenimiento, ver sus condiciones, que estuviera completo, ese sí es uno de los artículos que más me han llamado la atención”, explicó a detalle.

-¿Cuál ha sido uno de los objetos más valiosos que han pasado por La Lagunilla?

-Una armadura que ya no tenemos, no medieval, pero sí de principio de siglo pasado, era muy trabajada y lo curioso es que estuvo en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, estuvo un tiempo allá, estuvo en la Ciudad de México, se fue al museo y regresó a México y se adquirió nuevamente. Creo que es la pieza más importante por donde estuvo y lo que representó, sería la pieza más apreciada.

Junto con esa armadura, han desfilado todo tipo de piezas en el bazar que han detonado el arte de la negociación, en un barrio cuya vida gira en torno en gran medida a la venta de artesanías, antigüedades y más recientemente, juguetes, coleccionables y los platillos más emblemáticos de la gastronomía poblana.

“Del barrio, híjole, ha cambiado, en cuestión de todo, arquitectura, y como es un atractivo turístico siempre está bien y eso se agradece, regularmente las casas las pintan, las adornan en días festivos, como es zona de anticuarios y zona de gente mayor, nos hemos enterado que algunos se han ido, pero también hay muchos que siguen en este mundo”, cuenta.

 

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