Conectando con el arte

*La vida a través del lienzo de Arleth Téllez Tlatoa, quien abrazada por el Barrio del Artista crea piezas que retratan a Puebla, como iglesias, volcanes, pero además escenarios rockeros, experimentación y figuras más personales

Jaime Carrera

Puebla, Pue.- Ya pasan de las cinco de la tarde y los rayos del sol se filtran entre el follaje de los árboles del Barrio del Artista. Es día feriado. Algunos turistas pasean entre los talleres, se asoman con curiosidad por las puertas entreabiertas, donde las y los maestros pintores dan vida al color.

Detrás de la fuente central, en uno de tantos rincones de arte, una mano se agita con decisión. Es el pincel de María Arleth Téllez Tlatoa. Lleva dos años trabajando en el Estudio 32, un taller compartido donde expone su obra todos los días, de 2 a 8 p. m.

Licenciada en Diseño Gráfico, su pasión es la pintura, aunque también se ha adentrado en la escultura y el muralismo. El arte la atrapó desde pequeña: su segundo hogar fue la Casa de Cultura, donde comenzó a forjar sus primeras conexiones con la creación artística.

Al principio fue la danza, pero no logró cautivarla del todo. Desde el segundo piso, recuerda observar a niñas y niños agitar pinceles, moldear plastilina sin seguir instrucciones. Fue entonces cuando lo sintió: la conexión.

Terminó sus estudios de danza, pero su corazón ya había elegido otro camino. Se volcó a las artes plásticas, especialmente a la pintura.

-No es lo mismo una coreografía que explayarte, dejar que tu imaginación haga lo que quiera. Aunque esté chueco o mezclado con muchas plastilinas, ya estás creando algo nuevo”, dice, sin dejar de mover el pincel.

Y así llegaron los caballetes, los botes de pintura, los lienzos en blanco. Probó el acrílico, la acuarela, luego el óleo. Pintaba de todo. Durante ocho años estudió con un maestro en la Casa de Cultura. Hasta que llegó la universidad, y con ella, las tareas, los trabajos, las pausas.

El diseño gráfico le dio otra forma de entender el color y las formas:

-Se prestó mucho al arte; llevaba materias que se complementaban con lo que ya había aprendido, cuenta.

Trabajó un tiempo en negocios de serigrafía y diseño en el barrio de El Carmen. Pintaba menos, pero no lo soltaba. Hasta que un maestro pintor la invitó a formar parte del Barrio del Artista. Primero como semifija en el tianguis de la plazuela; luego, compartiendo taller.

No ha sido fácil. Siempre está el miedo a no vender, a que la economía apriete. Pero ha aprendido a equilibrarse. Cuando puede, acepta proyectos como la restauración de arte sacro, que le dan un ingreso fijo y espacio para respirar.

“Hice restauración de un mural del siglo XVI en Matamoros, en el ex convento de Santo Domingo de Guzmán. Estaba fracturado por el sismo, con humedad, abandonado… y verlo restaurado es una emoción bonita”, recuerda.

Hoy, su vida se mueve entre colores y texturas. Cada quince días busca participar en las exposiciones colectivas en la Sala José Luis Rodríguez Alconedo. Se elige un tema y cada artista presenta su obra.

A la par, crea piezas que retratan a Puebla: iglesias, volcanes, Cholula. Postales que los turistas quieren llevarse.

Pero también está su lado más libre, el que pinta lo que le nace: escenarios rockeros, experimentación, figuras menos comunes, más personales.

“El arte es complicado. Cuando eres niña, quieres hacer lo que te plazca. Pero ahora, como mamá, sé que es importante estudiar una carrera. No es solo decir ‘voy a pintar y ya’. Ya después, hay que seguir pintando”.

“El arte es bondadoso, es generoso” —añade mientras sigue pintando.

Sus manos no se detienen. El pincel va y viene, del lienzo a la paleta. Los colores se entremezclan y, una vez más, comienza el arte. Su arte.

Afuera, los últimos rayos de sol acarician el follaje de los árboles. Y en el Estudio 32, como al principio, el arte sigue naciendo. Todo sigue su curso. Como cada día, como cada trazo.

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