*Miguel y la búsqueda entre raíces y memoria se presenta en la Casa de la Cultura de Puebla, donde se nos muestra al maíz no como simple alimento, sino como símbolo de pertenencia, como unidad de medida de la vida
Jaime Carrera
Puebla, Pue.- En la Casa de la Cultura de Puebla se alza la exposición Mil ciento noventa maíces al costado del río, un gesto poético e íntimo del arquitecto y artista Miguel Ángel Méndez Zapata. Esta no es solo una muestra, es una invitación a medir el mundo con otros ojos, con otras manos, con el cuerpo y el maíz como guías.
Miguel Ángel nació en Tabasco, pero su identidad se ha tejido con hilos que cruzan geografías: la Puebla donde estudió y enseña, y la Oaxaca que late en sus raíces paternas. Y a esos territorios, un elemento los unifica: el maíz. No como simple alimento, sino como símbolo de pertenencia, como unidad de medida de la vida.
“¿Y si midiéramos el mundo con el maíz?”, se pregunta. Esa es la provocación que lo llevó a emprender una investigación alrededor del maíz Mejen, una raza nativa de Tabasco. Este proyecto, que fue posible gracias al programa de estímulos a la creación artística de la Secretaría de Cultura, no solo estudia un grano: lo eleva a instrumento de conocimiento.
La exposición se construye como una constelación de núcleos: arte objeto, video, dibujo, fotografía y una instalación. Todas las obras dialogan con una doble premisa: que el hombre es la medida de todas las cosas —como decía Protágoras—, y que el hombre está hecho de maíz —como revela el Popol Vuh—. Desde esa conexión antigua y profunda, Miguel Ángel propone: si estamos hechos de maíz, y somos la medida de todas las cosas, entonces el maíz también lo es.
Formado como arquitecto por la Ibero Puebla, donde hoy también es docente, Miguel Ángel no solo enseña diseño centrado en las personas, sino que lo vive en cada línea que traza. La antropometría —el estudio del cuerpo humano como base del diseño arquitectónico— le enseñó que todo lo que habitamos está pensado desde nosotros mismos: puertas, pasillos, camas. Todo responde al cuerpo. Pero, ¿qué pasa cuando el cuerpo ya no basta? ¿Qué otras escalas podrían contarnos el mundo?
Desde ahí nace un debate en torno el sistema métrico y su apuesta por el maíz como medida. Porque el maíz no es uniforme: se adapta, varía, resiste. Es tan diverso como los territorios que lo crían. En México hay más de 250 tipos de maíces nativos, cada uno adaptado a una geografía, a una historia. Miguel Ángel propone entonces una nueva cartografía sensible, un sistema donde las dimensiones no se calculen en centímetros o pulgadas, sino en granos, en mazorcas, en historia.
En su obra hay también una voz íntima. La de su familia. Su abuelo paterno fue campesino, trabajó el campo en Oaxaca. Su familia materna también sembró la tierra en Tabasco. La milpa fue paisaje y rutina, pero con el tiempo, la movilidad social y los sueños alejaron a algunos de ese origen. Él mismo, al estudiar arquitectura y dedicarse al arte, sintió que su camino se alejaba de la tierra. Pero Mil ciento noventa maíces es un retorno: una forma de volver a tocar el suelo con las manos del recuerdo, de honrar esa memoria que lo entreteje.
“Me considero una persona que no es de aquí ni de allá”, dice, y quizás por eso su obra no busca definiciones cerradas, sino preguntas. Preguntas como: ¿qué hemos dejado atrás al crecer? ¿Qué medidas nos alejan de lo que somos? ¿Y cómo podríamos medirnos de nuevo, no con reglas, sino con raíces?
Mil ciento noventa maíces estará abierta al público hasta el 27 de mayo todos los días —excepto festivos—, de lunes a viernes de 10 am a 5 pm, y fines de semana de 10 am a 6 pm., pero más allá de horarios y paredes, esta exposición habita en un tiempo más profundo: el de las cosechas, las historias familiares y las preguntas que aún germinan.






