Tierra Mestiza, entre jaguares y sabiduría antigua

*El conjunto interpreta algunos de los más de 70 sones que conforman la danza de los tecuanes, una joya del folclor poblano realizada en Acatlán de Osorio en el corazón de la mixteca poblana

Jaime Carrera

Puebla, Pue.- Cada escenario que pisan se transforma. El suelo retumba con los pasos firmes de las y los integrantes del Conjunto de Música y Danza Tradicional Mexicana Tierra Mestiza, mientras la atmósfera se espesa con el aliento de los sones antiguos y el tiempo parece plegarse para dar paso a una memoria que aún respira.

Orgullosos, firmes y vestidos con trajes bordados a mano, máscaras de madera talladas por artesanos de la región y sombreros pesados que parecen sostener la historia misma sobre sus cabezas, hacen de sus pasos un acto ritual cargado de identidad y resistencia.

En el corazón de su repertorio está la danza de los tecuanes, una joya del folclor poblano realizada en Acatlán de Osorio, en la región mixteca del estado.

Esta, más que un baile, es una representación simbólica que narra la defensa comunitaria ante un peligro que acecha: el tecuani, el jaguar, “el que come gente”. La tradición cuenta cómo los ancianos del pueblo, Lucas y Moranchi, organizan con sus hijos una estrategia para capturar al felino, quien no sólo devora ganado, sino que amenaza la vida humana.

La danza es, entonces, una lección viva de sabiduría ancestral, fuerza colectiva y supervivencia.

Tierra Mestiza interpreta algunos de los más de 70 sones que conforman esta danza: El Corral, El Sembrador, El Junta Pie y La Liebre, por mencionar algunos. Con ellos recrean parte de la tradición anual de Acatlán, cuando los auténticos danzantes se reúnen el 2 de noviembre para buscar al jaguar en el panteón, atraparlo, matarlo y repartirlo como una forma ritual de protección.

Quienes conocen la danza saben que esto no es sólo espectáculo. El profesor Jorge Sánchez Clelo, director del grupo, lo deja claro: “No me gusta llamarle ballet folclórico”, dice con firmeza. “No podemos amar nuestras raíces si les ponemos nombres ajenos”. Cada paso, cada son, está pensado para contar una historia, para conectar con un pasado que sigue palpitando.

La entrega de las y los danzantes se percibe en cada movimiento, en cada giro, en cada grito ritual que llena el espacio. Claudia Morquecho, una de las integrantes, se abre paso entre el sudor y la emoción. “Lo más complicado es la respiración”, confiesa, “porque llevamos paliacates, máscara y el sombrero pesa muchísimo. Aun así, lo disfrutamos. Lo hacemos con gusto”.

Pero más allá de los pasos y las máscaras, hay algo más profundo que se comparte con el público: una pedagogía del arte. “No queremos que sólo digan ‘qué bonito’ o ‘qué feo bailan’”, explica Clelo. “Queremos que se vayan con un conocimiento, que comprendan lo que vieron, que se sientan parte de esto, que lo amen”.

El grupo nació hace apenas dos años y medio como respuesta a una convocatoria especial: ser anfitriones del 75° Congreso Nacional de la Asociación de Maestros de Danza. Para ello, Clelo reunió a sus antiguos alumnos, algunos de ellos tras décadas sin bailar.

Claudia, por ejemplo, retomó las tablas en 2021, luego de años dedicada a su trabajo administrativo. “Bailé de los 12 a los 15 con el profesor, y regresé. Esto lo hago en mis tiempos libres”, cuenta, con el rostro iluminado por la pasión.

El compromiso de Tierra Mestiza va más allá de las coreografías. El grupo ha viajado a Acatlán de Osorio, ha convivido con los danzantes tradicionales, ha vivido la fiesta “en su hábitat”. Porque no se trata sólo de replicar, sino de honrar y transmitir con la música, los trajes, las máscaras…”, dice Clelo.

Y esa es la magia de Tierra Mestiza: convertir cada presentación en una clase viva de cultura, una celebración de identidad, una invitación a mirar hacia nuestras raíces. El público no sólo aplaude una danza; es testigo de un acto de resistencia cultural, de una comunidad que se niega a dejar en el olvido lo que nos define.

Si uno se deja llevar, por un momento, entre los sones y los gritos de los tecuanes, entre el jaguar y los sabios del pueblo, puede sentir que hay algo profundo latiendo debajo de cada pisada. Es la tierra misma, que habla a través de quienes todavía la bailan.

 

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